Un reloj en el corazón

Por Vinicio Santos

El día que papá partió, dejó un reloj sobre la mesa. El niño se acercó y lo comió de un bocado, o al menos eso creyó.

Así pasaron días, días y días.

Fue una vida normal, hasta que al reloj le dio por palpitar con su tic tac. Entonces, comenzaba a andar en los momentos más inoportunos: en la calle desbordadas de personas, en la oscuridad de la noche o, incluso, lo hacía sin razón aparente.

El reloj hacía tic tac, tic tac, y a veces, el pecho también hacía tic tac, tic tac. A veces, también dolía y el aire faltaba.

Ilustración de La Mecánica del Corazón

El niño se preguntó si los otros niños también habrían comido un reloj.

Una mañana Mamá decidió llevar al niño con el relojero. Este lo atendió: le pidió que abriera la boca y que dijera “Aaaaaaaa”. Le escuchó el latir del corazón y el latir del reloj. El niño se asustó.

Ilustración de La Mecánica del Corazón

El relojero y niño se hicieron amigos, se veían una vez por semana. Jugaban a que eran tenistas, diseñadores de ropa o que viajaban por el espacio. También había ratos en los que hablaban solo de sus sentimientos.

Así pasaron días, días y días, ya no había tictac, ni dolor ni miedo. Quizás el reloj se había detenido, quizás papá había regresado por su reloj.

Ilustración de La Mecánica del Corazón

 

Las ilustración pertenecen a la película La mecánica del corazón, basada en un libro con el mismo nombre. Puedes ver el cortometraje aquí: 

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