Aru koe (Las voces que quedan)

Soy el nuevo en el Instituto, el bicho raro que se sienta en el rincón; soy el que esconde la cabeza en el mesabanco mientras las niñas del otro lado murmuran: “el nuevo me miró, uuuy qué miedo”, “dicen que escapó de un manicomio”, “sí, sí, eso mismo dice mi hermano”, “también dice que puede leer la mente, mírenlo” “¡Ay, que no nos vea!”. Todos en la escuela creen muchas cosas de mí, pero nadie me conoce.

Me gusta leer libros de detectives y el steampunk; colecciono Shōnen manga y pins; me encanta el brócoli y las zanahorias; en las noches sin luna, subo a la azotea y paso horas mirando la estrella más solitaria. Creo que estos son todos mis gustos extraños, por lo demás soy como cualquiera.

*     *     *

El día de escuela comienza con las habladurías de siempre: “ahí va el raro”, “hazte a un lado que no te toque”, “déjenlo pasar, no lo miren”, “jajaja, miren su uniforme, su pantalón está manchado”. Sin embargo, hoy parece ser diferente. El Profesor con sus enormes gafas y sus tirantes verdes entra; todos nos callamos.

-Buenos días –nos dirige la voz a nosotros y luego lo hace al pasillo-, pasa. Ella es Hiromi y será su nueva compañera-. Entra una chica con el uniforme a cuadros del Instituto, cabello a los hombres y una mirada triste.

Campanas. Escucho campanas y veo como el pizarrón, poco a poco, comienza a llenarse de dibujos detrás de Hiromi: primero aparecen unas alas, luego crecen unas flores, enseguida una mano invisible dibuja unas nubes. Las alas se agitan, entonces Hiromi comienza a elevarse al cielo; el tañido de las campanas es hermoso…

-Niña, siéntate donde quieras-, la voz del profesor me despierta de mi fantasía. Ella camina tímidamente entre los mesabancos. Me siento mal, la cabeza me da vueltas, algo tengo en el estómago, quisiera gritar pero no puedo abrir la boca. Se sienta a un lado de mí, me ve que la veo, sonrío, escondo inmediatamente la cabeza bajo mis brazos. Rayos, qué me pasa.

De nuevo se escucha una campana, pero esta vez es real. Todos, menos la nueva y yo, guardan sus cuadernos rápidamente para salir del aula. En esta ocasión no soy el último en salir.

En el anclaje para bicicletas, mientras quito el candado, Hiromi me alcanza; como si huyera de ella subo enseguida a mi bicicleta y me voy rojo de vergüenza. Cuando estoy lo bastante lejos, me detengo; nadie me sigue. Esta noche no subo al cielo a mirar la estrella solitaria, es más, no puedo siquiera dormir: en mi cabeza surge la necesidad imperiosa de hablar con Hiromi.

Al día siguiente, mi recibimiento es distinto, por primera vez no hay ningún murmullo tras de mí. En cambio, es Hiromi quien recibe la bienvenida agresiva: “mírenla, ella es la nueva”, “mi prima me dijo que la expulsaron de su antigua escuela por halarle el cabello a una profesora”, “no la miren a los ojos porque les da gripe”, “uuuy qué miedo”. Mi tristeza es mayor al escuchar estas cosas dirigidas a ella que cuando me las dicen a mí.

Aunque quiero disimular para verla no puedo, mi mirada está fija en ella; apoyo el codo sobre el mesabanco y la veo sentarse a un lado mío; Hiromi me mira y me dice hola con una enorme sonrisa, el codo se me resbala, como consecuencia me golpeo la barbilla.

El reloj sobre la puerta mueve las agujas rápidamente, la clase casi termina y el tiempo para hablar con Hiromi se agota. La campana suena, así que el salón comienza a vaciarse hasta que quedamos ella y yo. Por una travesura de la imaginación, siento que el aula aumenta de tamaño mientras nuestros mesabancos se alejan uno del otro. Me levanto, echo sobre mis hombros la mochila, luego me dirijo a ella. La realidad vence a la imaginación: el aula recupera su tamaño y los mesabancos vuelven a su lugar.

Cuando Hiromi se dirige a la puerta y está a punto de salir, cierro los puños, con todo el valor del mundo, le hablo.

-Hiromi, ¿puedo acompañarte?- me sorprende la seguridad de mis palabras.

-Claro, porqué no- me sorprende más su repuesta.

Emparejo mis pasos a los de ella. En el anclaje de bicicletas, mientras quitamos los candados, un grupo de chicas nos alcanza; Hiromi y yo tomamos nuestros vehículos para marcharnos caminando. Me dice que se cambió de escuela porque su papá consiguió un nuevo trabajo aquí en la Capital, que tiene un hermano pequeño y que le gusta el clima cerca del mar. A medida que nos alejamos, las voces que quedan se va disipando: “tal para cual”, “ahí van los raros”, “miren, hasta las bicicletas son iguales”.

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