El día que los calcetines atacaron

Por Armando Tozkano

Los calcetines de toda la vida, esas pequeñas fundas apestosas que van en los pies y te pones sin preocupación, a diario. Esas bestiecillas,  suaves y cómodas, habían atacado a Matías esa noche. Él los había descubierto  in fraganti, por mero accidente, y ahora, tenía que aprender a vivir con miedo. ¡No se sentía a salvo ni en su propio cuarto!

Todo había sucedido una fatífica noche, en la que Matías había cenado demasiado y no podía dormir. A las diez su casa era una tumba, como todos dormían temprano, se apagaban los sonidos habituales y reinaba el silencio. Entonces, el niño podía escuchar todos los ruidos nocturnos de la casa: las burbujas de la pecera, el tic-tac del reloj en la sala, el ronquido de su padre y la gente que pasaba por la calle. Pero esa noche, lo que Matías había escuchado era diferente. Era el sonido de algo que se arrastraba en el piso, algo suave y peludo, pero muy chiquito.

Lo primero que hizo Matías fue taparse con la cobija. Cuando tomó valor, decidió asomarse al piso, donde provenía el ruido, y fue ahí que lo descubrió. Era uno de sus calcetines favoritos caminando. Sí, ¡CA-MI-NAN-DO!, con unos pequeños piececitos que estaban entre las costuras. El solitario calcetín, iba contoneándose muy galante hacía la puerta del patio; y Matías, feliz de haber encontrado al otro par de sus calcetines favoritos, lo siguió para volverlo a meter en el cajón, junto con su hermano

Ahí, en pleno pasillo, iba el calcetín caminando y el niño detrás de él. Pronto, Matías empezó a desesperarse, ya que, como podrás imaginarte, los calcetines caminan ¡muy, muy lento!  Pero, estoico, y muy curioso, el niño resistió hasta que el calcetín llegó a su destino final: la puerta que daba el patio. Y sin hacer ruido, se escabulló detrás de la lavadora, donde lo vio todo.

¡Había un mitin eufórico de calcetines en su patio! Los había de todo tipo: de gatos y perros, de rombos y círculos; de seda y algodón; largos y cortos; blancos y negros; incluso, Matías juraba que había visto ¡unos que brillaban en la oscuridad! Pero eso sí, todos sin pareja. El niño reconoció a varios que se le habían perdido algún tiempo atrás, como el de dinosaurios, que era de sus favoritos cuando tenía 4 años. 

Calcetines

El niño no comprendía muy bien lo que pasaba, y se talló los ojos varias veces para comprobar si estaba despierto. Miró de nuevo. Todos los calcetines perdidos estaban reunidos, hablando en señas. Cargaban planos y señalaban con entusiasmo de rebelión, los esquemas detallados de sus planes. ¡El horror!, aparentemente, estaban planeando la conquista del planeta. 

Matías, naturalmente, se exaltó muchísimo, tanto, que sus piernas comenzaron a temblar. Tenía que salir de ahí. Así que comenzó a dar pasos sigilosos para alejarse. No había avanzado mucho cuando pisó un trozo de galleta, e hizo un ruidoso ¡crac!, como invitando a los calcetines a verlo. De inmediato, ellos voltearon en esa dirección.

Los calcetines, al verse sorprendidos, corrieron hacía Matías. Aunque bueno, su manera de correr no era lo mas rápido del planeta. Por lo que Matías, con tranquilidad, pudo darse  media vuelta y llegar a su cuarto. Entró deprisa, cerró la puerta y la tapó por abajo con toallas, playeras, y hasta un zapato. ¡Ningún calcetín podría colarse por ahí!

Matías aguzó el oído para ver si podía escuchar a aquellas malvadas bestias por atrás de la puerta, y acercó su oreja lo más que pudo. Hasta que empezó a escuchar unos suaves pasitos detrás de él. Entonces, recordó que justo en su cuarto había un cajón lleno de calcetines.  Giró su cabeza hacia ellos, sabía que estaba perdido. Respiró hondo, se armó de valor y les dijo lo más serenamente que pudo:

-¡Me rindo! por favor no me ataquen, juro que jamás diré nada sobre lo que vi esta noche. Además, nunca volveré a buscar un calcetín perdido, no interrumpiré en sus planes, ¡lo juro!

Los calcetines parecieron deliberar señalándose entre ellos y luego a Matías, y, sin más, volvieron a su cajón.

Desde esa noche, Matías siempre siente un poquito de miedo cuando voltea a ver al cajón donde están esos pequeños monstruos. Están ahí, en cada casa, conspirando en parejas entre la oscuridad. Y escapando siempre de a uno, para que nadie sospeche. Saben todos nuestros secretos, o al menos, los que revelamos cuando los traemos puestos. 

 

Matías también tiembla de miedo cuando su mamá le pide que vaya a colocar un nuevo calcetín desparejado al clóset, en esa masa amorfa donde los tiene amarrados unos con otros. Entonces, se limita a hacer la tarea a medias y deja a los calcetines recién llegados un poco flojos, o incluso sueltos, para no incumplir el pacto que esa noche le salvó la vida

Ilustración de Carolina Zomosa. Tomada de @zomilustradora

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