Brujita

Por Ángeles Rodríguez 

El día que cumplí 10 años me escondí detrás del auditorio. En ese lugar podría jugar con los dedos de mis manos como personajes y no sería molestada por mi enemigo: Lissandro, el abusón; ni por ninguno de mis compañeros.

Imaginaba que un dragón se tragaba a aquel chico. La criatura era mía. En mi historia, yo era la mejor alumna de una extraordinaria bruja. El chico quiso combatir, pero el dragón arrojó llamas y después se lo tragó. Entonces detuve mi juego. Sentí como si alguien me observaba, pero al voltear nadie estaba ahí. Sólo vi unas cuantas ramas de un árbol moverse.

¡Odiaba a Lissandro! Cambiaba mi nombre de “Mónica” a “Monarca de las horrendas”. Un día arrojó chocolate derretido en mi mochila; otro, puso pintura café en mi asiento, y al no darme cuenta, manché todo mi trasero. Nadie se hizo responsable, nadie vio nada, todos fingieron ignorar al culpable. ¡Sabía que era él! Pero no tenía pruebas, y, tristemente, aunque las hubiera tenido, mi temor era tan grande que no me habría atrevido a señalarlo.

BrujitaMuchas veces lloré antes de llegar a mi casa para que mis papás no lo notaran. La única que me daba consuelo era una gata negra que me esperaba una cuadra antes de mi hogar. A diario la acariciaba, ella miraba mis lágrimas con sus enormes ojos ámbar, y sólo el día antes de mi cumpleaños, le conté mi pesar: quería morirme, no quería volver a la escuela, pero no tenía pretexto para faltar. Levanté a la gata y con su lomo sequé mi llanto. Ella ronroneaba, yo no dejaba de jurar venganza. A pesar de su consuelo, sentí vergüenza.

 

Aquel cumpleaños, al regresar al salón, comencé a hacer varios garabatos en mi cuaderno. Poco después el resto de mis compañeros llegó; los sentía: todos me miraban. Estaban aburridos y querían divertirse. Lissandro se acercó.

En el receso hicimos una encuesta: nadie te quiere-dijo.

Se escuchaban murmullos a mi alrededor, murmullos que eran como garras.

-Ya no vengas. Si mañana vienes ahora sí te vamos a apedrear.

-¡Te maldigo! –se me ocurrió decir. Yo estaba a punto de llorar.

Él y los demás reían. Las muchachas parecían admirar al patán ese.

-Lancé un hechizo para que llores, llores mucho-. Cuando dije esto todos apretaron el entrecejo, algunos con una extraña mueca de diversión.

Pues ve, aquí sigo, feliz.

Es que falta mi maestra. ¡Ella te va a castigar cuando venga! Y quizás a todos –quise remediar, atemorizarlos. Sólo quería que me dejaran sola.

Entonces él me empujó. Los demás hicieron lo mismo. “Que venga”, dijo. Después el resto de mis compañeros repetía: “Que venga, que venga”.

De repente una ráfaga estrelló la puerta contra la pared y un montón de papeles voló dentro del salón. Se veía tierra entrar y salir, y entre ella, distinguí algunos destellos. Mi cabello se movía con fuerza y los idiotas callaron.

Un horrible lloriqueo se escuchó fuera del salón. Para asombro de todos, con paso elegante y tardío entró quien fingiría ser mi maestra bruja: la gata color negro. Subió de un brinco al escritorio y ahí, como si estuviera en un espacio en soledad, comenzó a limpiarse su pata izquierda.

¡Ésa es la maestra de Mónica! -dijo uno de mis compañeros, lo que causó la carcajada de todos.

Lissandro

Lissandro se acercó a ella, se inclinó y con una gran sonrisa dijo: “Es horrible y tonta como Món…”.Pero la gata lo interrumpió. Levantó su garra afilada, la izquierda, y la clavó en uno de sus pómulos. Después, la felina sólo se hizo un poco para atrás para continuar con su limpieza.

El chico, de una forma rápida, fue por el borrador del pintarrón y lo levantó como si fuera a arrojárselo. Yo corrí hacia ellos. No quería que la lastimara. La gata fijó en él sus ojos ámbar, enormes, como los había fijado un día antes en mí. Lissandro no podía dejar de mirarla, tiró el borrador a un lado, se tapó la cara y comenzó a llorar. Parecía que algo notó en aquellos ojos.

 

¡No! ¡Que no me vea! ¡No quiero ver!–gritaba angustiado.

La gata, tal vez cansada de todo el ajetreo que causó su visita, agrandó sus pupilas y, en medio de un penoso maullido, fue desvaneciéndose hasta volverse polvo y salió volando por una ventana en forma de espiral, para después mover las ramas de un árbol que estaba afuera.

Lissandro no volvió a ir a clases. Tenía crisis nerviosas. Decían que hablaba mucho de un dragón, de un gato y de un castigo. Aunque tuvo su merecido, no puedo dejar de sentir pena por él, porque yo también conocía el miedo. Pienso que yo sería igual que Lissandro si disfrutara de su sufrimiento. Tal vez la gata me favoreció hechizándome de ese otro modo a mí.

1 Comment

  1. Muy interesante historia me recuerda cuando me hacía bullying un niño en primer grado. Me pegaba en el recreo. Me movía la butaca y un día casi me atropellan por su culpa.

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