La niña que no quería que fuera de noche

Por Itzel Chávez

A Aimi no le gustaba la noche, siempre que el sol se estaba ocultando comenzaba a llorar. Entonces su papá, un hombre barbón y muy paciente, le explicaba que esto sucedía por el movimiento de rotación. Por eso, cuando en su país era de noche, en otro país del otro lado del mundo, era de día. Pero a ella las explicaciones no le bastaban. Odiaba la noche y era muy testaruda. Ya lo había decidido: ¡haría que en su país SIEMPRE fuera de día!

A la mañana siguiente comenzó la investigación para poner en marcha su plan. Buscó en los libros que tenía en su habitación, también puso más atención en el televisor, incluso, en la escuela preguntó a su profesor. Pero nadie tenía una respuesta. La noche pronto comenzaría y papá ya cocinaba la cena.

Cuando todo parecía perdido, la niña no tuvo más remedio que ponerse a jugar en su tableta. De pronto, una de esas fastidiosas publicidades interrumpió su pantalla. Estaba a punto de cerrar el anunció, cuando escuchó: “¿Cansada de tener que ir a dormir todas las noches?, ¿preferirías que siempre fuera de día? Entra y conoce el nuevo apagador universal”. Estaba asombrada, era justo lo que necesitaba.

Miró a su alrededor antes de hacer cualquier cosa, cuando vio que su papá seguía en la cocina, se apresuró a tocar la pantalla. Comenzó un video. Un personaje muy extraño, con cara de reloj, le saludó: “¡Bienvenida! Esta aplicación te ayudará a eliminar la noche. Es muy fácil, sólo sigue estos tres sencillos pasos: 1. Coloca la tableta cerca de un apagador. 2. Selecciona el modo de día. 3. Enciende la luz de la habitación. Con esto, la oscuridad no se meterá otra vez en tu vida. Pero hay una advertencia

Aimi estaba tan emocionada de poner a prueba la aplicación, que interrumpió el video y fue corriendo a su habitación. Eran las ocho. Tenía que apresurarse antes de que mamá volviera del trabajo. Encendió la aplicación y siguió los tres sencillos pasos. Cual fue su sorpresa, el cielo oscuro empezó a iluminarse. Y en menos de cinco minutos resplandecía un sol brillante.

-¡Hija, ya llegué!- escuchó a su madre decir. Aimi se ilusionó, pues aunque eran las ocho, esta vez  no tendría que ir a dormir. -¡Ya voy mami!- gritó mientras bajaba a toda velocidad las escaleras -¿Hoy sí vamos a jugar?- preguntó Aimi emocionada. Su mamá estaba a punto de decirle que ya era muy noche, cuando vió el sol por la ventana. -¡Qué raro!- exclamó con sorpresa- seguramente salí más temprano hoy-, y se pusieron a jugar.

Después de unas horas, mamá, un poco desesperada, miró su reloj. No funcionaba, los números se movían  sin parar. Papá, luego de haber hecho dos pasteles, una pasta y una pizza, extrañado decía -¡Caray, cómo me ha rendido este día!- y cuando quiso consultar la hora, lo mismo le ocurrió. Nadie podía ver un reloj.

Tras un par de días, todo se volvió una verdadera pesadilla. Sus padres comenzaron a transformarse en unos seres gruñones y gritones, y cada día, se arrugaban más. En cambio, ella parecía hacerse más y más chiquita. –Oh oh, esta no fue buena idea– dijo Aimi mientras  corría a su habitación para apagar la tableta. Pero nada funcionó. Así que fue por un poco de agua, -Un pequeño sacrificio por el bien de la familia- dijo Aimi, mientras vertía un chorro de agua en la tableta. Salieron chispas y un gran estallido apagó todas las luces. Incluído el sol.

Una oscuridad silenciosa comenzó a invadir su habitación, pero esta vez a Aimi no le molestó. Sintió una calma dulce que la abrazaba. Se acurrucó sobre su cama y cerró sus ojos para entregarse a los sueños. Esa noche, durmió como un lirón

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